miércoles, 22 de septiembre de 2010

RAMÓN LAVAL (1862- 1929)

Ramón Laval, uno de nuestros grandes folkloristas, quien hizo una labor preciosa de recopilación de cuentos chilenos en la zona de Carahue y en el sur. Hizo un trabajo comparativo de su recopilación de cuentos con su equivalente europeo. A pesar de su labor como  funcionario en la Biblioteca Nacional, se las arregló para escaparse a las zonas más apartadas para hacer el trabajo de plasmar en escrito, cuentos que vivían en la tradición de nuestras familias chilenas.
Les mostramos un cuento, muy conocido, por lo demás, pero siempre fascinante, de la tierra de Colchagua.


EL MEDIO POLLO.

(Ramón Laval)
Contado por doña Polonia González de la tierra de Colchagua.


    Para saber y contar y contar para saber. Esta era esterita para sacar peritas, este era esterones para sacar orejones. Esta era una gallinita muy buena ponedora y sacadora. Una vez puso veinte huevos en su nido y sacó diecinueve pollitos no más y se levantó muy afligida, porque había perdido un huevito.
    Principió entonces la gallinita a dar vueltas en torno al huevito y conoció que estaba medio huero y pensó:
    - Si me echo otra vez, saldrá cuando menos un Medio Pollito.
    Y así fue que del cascarón salió un medio pollito. La gallinita era muy querendona con sus hijitos, pero más que a ninguno quería al Medio Pollito. Le tenía cariño y un poco de lástima; cada vez que lo veía le daba pena de ver que no podría volar. No tenía más que una alita y caminaba a saltos, pues sólo tenía una patita.

    El Medio Pollo fue creciendo y la gallinita se fue poniendo viejacona y ya no podía trabajar. Entonces el Medio Pollito le dijo a su mamita:
    -Viejecita, échame la bendición, porque me voy a rodar tierras.
Y se fue a saltitos porque tenía una sola patita. Entonces anduvo muchos días sin encontrar trabajo. Un día escarbando un montón de hojas, encontró una naranjita de oro y casi se cagó de gusto. La escondió debajo de su alita y pensó:
    - Si se la llevo al rey, me dará gransitas para llevarle a mi mamita.
    Se fue donde el Rey y en el camino se encontró con un arriero que traía una recua muy grande de mulas y venía de vuelta. El Medio-Pollo le preguntó al arriero:
    -¿De dónde viene mi arrierito?
    - Me he vuelto-, dijo el arriero-, porque el río trae mucha agua y no me animo a pasarlo, porque se pueden ahogar las mulitas.
    -Así como usted me ve-, dijo el medio Pollo-, yo lo voy a pasar no más, porque tengo que ir donde el Rey.
     Entonces dijo el arriero:
    -¿Por qué no me llevas con mis mulitas, Medio Pollo?
    -Bueno -, dijo el Medio Pollo: "Métete en mi potito y tráncate con un palito".
Y se metieron en el buche del Medio Pollo el arriero con todas sus mulitas. Al llegar al río vio que venía muy ancho con tanta agua que traía y se puso a pensar:
“Yo no puedo volar porque no tengo más que una alita ¿Qué hago yo?  Me voy a tomar toda la agüita hasta dejarlo seco y poder pasar”  Entonces el Medio-Pollo se tomó toda el agua del río y pasó para el otro lado.
Siguió marchando un día entero hasta que topó con un tigre que estaba descansando en una piedra.  Entonces el Medio Pollo le dijo:
- ¿Qué hace aquí, compadrito tigre?
    - Tengo que ir donde el Rey-, dijo el tigre-, y estoy muy cansado. ¿Por qué no me llevas tú, Medio Pollito?
    - Bueno-, le dijo el Medio Pollo: "Métete en mi potito y tráncate con un palito".
Y entonces el Tigre se metió en el buche del Medio-Pollo.
    El Medio-Pollo se puso en camino otro día más, hasta que se encontró con un león que estaba echado de ladito.  Entonces el Medio Pollo le dijo:
    - ¿Qué hace ahí, compadrito león?
    - ¡Qué he de hacer Medio Pollito!-, dijo el león-.  ¡Estoy medio despiadado de tanto andar y tengo que ir a casa del Rey, ya no puedo más!  ¿Por qué no me lleváis vos, Medio Pollito?
    -Bueno-, le dijo el Medio Pollo: "Métete en mi potito y tráncate con un palito".
    Se metió ligerito el león en el buche del Medio Pollo. 
Todavía tuvo que andar un día el Medio Pollo hasta que tropezó con una zorra que se estaba haciendo la dormida debajo de un espino.  Entonces el Medio Pollo es que le dijo:
    - ¿Qué está haciendo ahí, mi comadrita zorra?
    La zorra contestó:
- Aquí estoy compadrito, media muerta de hambre.  Hace días que no como ni un racimito de uvas siquiera.
    Le dijo entonces el Medio Pollo:
    - Yo la llevaré, comadrita, donde el Rey. Puede que le tenga lástima y le dé algo de comer: “Métete en mi potito y tránquese con un palito".
    Saltó la zorra y se metió en el buche del Medio Pollo. Siguió él caminando, camina  que te camina hasta que topó con el palacio del Rey.
    Cuando entró en la sala del trono, el Medio Pollo dijo:
    - Mi rey, mi soberano, aquí he venido desde muy lejos para traerle a su majestad esta naranjita de oro, que es regalo que yo le traigo.
    El Rey  tomó la naranjita y dijo a sus pajes:
    - Llevad el Medio Pollito al gallinero y le ponen bastante trigo y gransita y una paila de agua fresquita.
    Los pajes escoltaron al Medio Pollito y abrieron el gallinero y le pusieron trigo y gransita para que se llenara el buche y en seguida se retiraron.  Entonces todos los gallos, las gallinas se le fueron encima a picotearlo que casi se lo comieron vivo.  Cuando se vio muy acorralado, se fue a un rinconcito, pujó un poquito y salió la zorra.  Allí mismo se comió todos los gallos, toditas las gallinas y toditos los pavos y no dejó ni unito, y se arrancó para la cordillera.  Entonces, el Medio Pollo se comió todas las gransitas.
    Al otro día fueron los pajes, con las claras al gallinero, para ver cómo había amanecido el Medio Pollo.  Se quedaron todos patifríos cuando vieron que el Medio Pollo se había comido todas las aves, porque no sabían que se las había comido la zorra.  Se fueron todos apurados donde el rey y le gritaron todos a un tiempo:
-   ¡Señor Rey, el Medio Pollo se ha comido todas las aves y no ha dejado ninguna!
    Y el rey contestó:
-        Bueno, ¿qué haremos con el Medio Pollo?, ¡yo no lo puedo matar porque me ha traído este regalo!
    Y un paje tuvo la ocurrencia:
-   Si a su Sagrada Majestad le parece, lo echaremos al potrero donde están los caballos cocheros de su Majestad y puede ser que los caballos lo maten a patadas.
-   Bueno-, dijo el Rey-, pero les prohíbo que lo maten ustedes.
    Y lo echaron al potrero.  Entonces cuando el pobrecito Medio Pollo se vio entre las patas de tantísima bestia, le entró un miedo tremendo y arrimándose a un rincón, pujó un poquete y echó al león para afuera. ¡Al león qué le han dicho! Se comió todos los caballos, pegando zarpazos aquí y allá y se fue a la cordillera.
    Al otro día bien de alba, fueron los pajes a ver si los caballos habían matado al Medio Pollo y casi se cayeron de espaldas cuando vieron al Medio Pollo arriba de un árbol, cantando a todo lo que le daba el pico, como haciéndoles burla porque se había comido todos los caballos.  Así lo creían ellos, porque no sabían que se los había comido el león.  Se fueron corriendo donde el Rey a contárselo todo.
    El Rey se quedó muy admirado, carraspeó un poco y dijo:
-   Yo no puedo matar a ese Medio Pollo que me ha traído esta naranja de oro de regalo.  Ustedes sabrán lo que hacen con él, pero prohíbo que lo maten.
    El paje principal habló muy empinado:
-   Si su sacarrial majestad quiere, lo echaremos al potrero donde están las vacas y ahí lo matan con seguridad. 
El pobre Medio Pollo se vio entonces muy afligido entre las patas de tantísimas vacas y no hallaba como salir del paso.  De puro miedo se le escapó un pedito y salió el tigre hecho una fiera y se comió toditas las vacas y se arrancó para la cordillera.
    Al otro día tempranito, al tiempo que cantan las diucas, fueron los pajes al potrero de las vacas y vieron que no quedaba ninguna.  Casi se cayeron, muertos de rabia cuando vieron al Medio Pollo encaramado en una rama y cantando "Pío, pío, pío".
    Ahora se fueron furiosos y se atropellaron para hablar con el Rey:
-   ¡Señor, el Medio Pollo debe morir, porque tiene el diablo metido en el cuerpo! ¡Se comió todas las vacas y si lo dejamos nos va a comer a nosotros!
    El Rey los miró y les dijo:
-   ¡Como voy a matar a este Medio Pollo que me ha traído un regalo tan bueno! ¡Ya he prohibido terminantemente que lo maten!
-   Bueno, pues, señor, como usted mande.  No lo mataremos, pero si su majestad no se enoja, lo meteremos al horno del pan para que así se ase al rescoldo.
    Entonces los brutos de los pajes, echaron al Medio Pollo al horno, cuando estaba bien caldeado.  Casi se cagó de susto.  Se arrimó a la boca del horno y se puso a pensar:    "¿Qué hago yo?, si me largo un pedito, con el viento que eche, las llamitas van a crecer y me quemo más lueguito”.  Ya se le estaban chamuscando las plumitas al pobrecito.
    El Medio Pollo no se acordaba que tenía metido el río dentro de él, pero con el calor del horno se empezaron a alborotar las aguas y a sonarle las tripitas, entonces medio muerto del susto, pujó con todas sus fuerzas y salió el agua bramando y apagó el fuego.  Como era la hora que venían los pajes, se ahogaron toditos y no quedó ni unito.  El Medio Pollo se fue donde el Rey y le contó:
-   Están todos muertos esos condenados que me querían matar.
    El Rey se puso muy contento de verlo vivo y le comentó:
-   Yo les había prohibido que te mataran.  ¿Y qué venís hacer ahora Medio Pollito?
-   Si su Sacarrial Majestad, me da permiso, me voy para mi tierra, porque quiero ver a mi mamita que estará con cuidado.
    El Rey mandó al mayordomo que le diera todo el trigo que había en el palacio, que era una barbaridad y entonces el Medio Pollito volvió a pujar y salió el arriero con todas sus mulitas y cargaron todo el trigo.
    Cuando llegaron a su tierra, el arriero y el Medio Pollito se repartieron el trigo como hermanos en dos pilitas iguales y cada cual se fue con la suya.
    La gallinita se puso muy contenta al ver a su Medio Pollito y nunca más tuvo que trabajar.  Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

domingo, 12 de septiembre de 2010

MÁS CUENTOS RUSOS PORQUE VALE LA PENA "RELATARLOS". ATRÉVANSE...

Baba Yagá es la bruja más siniestra del mundo y es creación de los rusos. ¡Es una vieja abominable que desayuna niños pequeños! Tiene la nariz azul y los dientes de plomo y, a pesar de que come enormes cantidades de carne, pues sus dientes le permiten romper huesos y desgarrar la carne con facilidad, es flaca como hueso. Se le ha llamado la Gran Madre del Bosque del Mundo. Baba Yagá vuela montada en un mortero y rema el aire con una escoba plateada. Y por supuesto, no permite que ninguna persona "bendecida" permanezca dentro de su propiedad, siempre y cuando Baba Yagá sepa que la persona tiene una bendición. Vive en una choza que se levanta sobre dos enormes patas de gallina que le sirven para desplazarse por toda Rusia. La verja de su choza está adornada con cráneos, en cuyo interior coloca velas. El interior de la choza siempre está lleno de carne y de vino. La resguardan los sirvientes invisibles de Baba Yagá, los cuales aparecen como manos espectrales; sin embargo, también tiene a su servicio a los caballeros blancos, rojos y negros, los cuales controlan el día, el atardecer y la noche.

En cuanto a las preguntas que le hacen a ella, no le gusta responderlas porque con cada una de ellas envejece aún más.

Aparece en la mayoría de los cuentos rusos, por eso hay que estar muy enterado de quién es ella…

Te convidamos a leer tres preciosos cuentos rusos:


 
  Basilisa la hermosa.
  Cuento de tradición oral recopilado por Afanásiev.



En un reino vivía un comerciante con su mujer y su única hija, llamada Basilisa la Hermosa. Cuando cumplió la niña los ocho años, su madre se enfermó gravemente, y presintiendo que la hora de su muerte estaba acercándose, llamó a Basilisa, le dio una pequeña muñequita de trapo y le dijo:


-Escúchame, hijita mía, y acuérdate bien de mis últimas palabras. Yo me voy a morir, pero te dejo mi bendición y esta muñeca. Guárdala siempre con cuidado, sin mostrarla a nadie, y cuando te suceda alguna desgracia, pídele consejo a ella.

Después de haber dicho estas palabras, la madre besó a su hija tiernamente, suspiró y se murió.

El comerciante, al quedarse viudo, se entristeció mucho; pero pasó el tiempo, se fue consolando y decidió que quería volver a casarse. Era un hombre bueno y muchas mujeres lo querían por marido; pero entre todas eligió a una viuda que tenía fama de ser buena madre y ama de casa ejemplar. Ella tenía dos hijas de la edad de Basilisa.

El comerciante se casó con ella, pero pronto comprendió que se había equivocado, pues se dio cuenta que no era la buena madre que su hija Basilisa necesitaba.

Basilisa era la joven más hermosa de la aldea; la madrastra y sus hijas, estaban muy envidiosas de su belleza y por esto la hacían sufrir, continuamente; le imponían toda clase de trabajos para destruir su hermosura a fuerza de cansancio y para que el aire y el sol quemaran su cutis delicado. Basilisa soportaba todo con resignación, pero lo curioso era que cada día aumentaba su hermosura, mientras que las hijas de la madrastra, a pesar de estar siempre ociosas, se ponían feas. Y esto sucedía a causa de la envidia que le tenían a su hermanastra. Por su parte, la buena Muñeca ayudaba sin cesar a Basilisa en los duros trabajos y difíciles quehaceres que éstas le imponían. La muñeca la consolaba en sus desdichas, le daba buenos consejos y trabajaba con ella.

Así pasaron los años y las muchachas llegaron a la edad de casarse. Todos los jóvenes de la ciudad pedían la mano de Basilisa para casarse con ella, sin tomar en cuenta a las hijas de la madrastra. Ésta, estaba cada vez más enojada y les contestaba a todos:

-¡No casaré a la menor antes de que se casen las mayores!

Y después de haber despedido a los pretendientes, se vengaba de la pobre Basilisa con golpes e insultos.

Un día el comerciante tuvo que hacer un largo viaje y se marchó.

Entonces, la madrastra se cambió a una casa que se hallaba cerca de un espeso bosque en el que, según decía la gente, aunque nadie lo había visto, vivía la terrible bruja Baba-Yaga; nadie se atrevía a acercarse a aquellos lugares, porque Baba-Yaga se comía a los hombres y a los niños como si fueran pollos.

Cuando estaban ya instaladas en la nueva cabaña, la madrastra enviaba a Basilisa al bosque con frecuencia, siempre con diferentes pretextos; pero a pesar de todas las trampas que inventaba, la joven volvía siempre a casa, guiada por la muñeca, que no permitía que Basilisa se acercase a la cabaña de la temible bruja.

Llegó el otoño, y un día la madrastra dio a cada una de las tres muchachas una tarea: a una le ordenó que hiciese encaje; a otra, que hiciese medias, y a Basilisa le mandó hilar. A ella la obligó que cada día le presentara una cantidad enorme de trabajo ya terminado. Apagó todas las luces de la casa, excepto una vela que dejó encendida en la salita donde trabajaban sus hijas, y se acostó. Poco a poco, mientras las muchachas estaban trabajando, se formó en la vela un pabilo, y una de las hijas de la madrastra, queriendo cortarlo con las tijeras, apagó la luz de las vela.

-¿Qué haremos ahora? -dijeron las jóvenes-. En esta casa no hay más luz que la de la vela y nuestras labores no están aún terminadas. ¡Habrá que ir a buscar luz a la cabaña de Baba-Yaga!

-Yo tengo luz de mis alfileres -dijo la que hacía el encaje-. Yo no iré.

-Tampoco iré yo -añadió la que hacía las medias-. Tengo luz de mis agujas.

-¡Tienes que ir tú a buscar luz! -exclamaron ambas-. ¡Anda! ¡Ve a casa de Baba-Yaga!

Y al decir esto, echaron a Basilisa de la salita donde trabajaban. Basilisa se dirigió a su habitación sin luz, buscó a la muñeca y le dijo:

- Muñeca mía, escucha mi desgracia. Me mandan a buscar luz a la cabaña de Baba-Yaga y ésta me comerá. ¡No sé que hacer!

-No tengas miedo -le contestó la Muñeca-; anda donde te manden, pero no te olvides de llevarme contigo; ya sabes que no te abandonaré nunca.

Basilisa se metió la muñeca en el bolsillo, se persignó y se fue al bosque. La pobrecita iba temblando de miedo, cuando de repente pasó rápidamente por delante de ella un jinete blanco como la nieve, vestido completamente de blanco, montado en un caballo blanco y con un arnés blanco: enseguida empezó a amanecer. Siguió su camino y vio pasar a otro jinete rojo, vestido completamente de rojo y montado en un caballo rojo: enseguida empezó a levantarse el sol. Basilisa caminó durante todo el día y toda la noche, y sólo al atardecer del día siguiente llegó al claro del bosque, donde se encontraba la cabaña de Baba-Yaga. La cerca que la rodeaba estaba hecha de huesos humanos, rematados por calaveras; las puertas eran piernas humanas; los cerrojos, manos, y la cerradura, una boca con dientes. Basilisa tuvo un miedo terrible. De pronto, apareció un jinete todo negro, vestido completamente de negro y montando un caballo negro, que al acercarse a las puertas de la cabaña de Baba-Yaga, desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra: en seguida se hizo de noche. No duró mucho la oscuridad, porque de las cuencas de los ojos de todas las calaveras, salió una luz que alumbró el claro del bosque como si fuese de día. Basilisa temblaba de miedo y no sabiendo dónde esconderse, permaneció quieta.

De pronto se oyó un tremendo alboroto: los árboles crujían, las hojas secas estallaban y la espantosa bruja Baba-Yaga apareció porque venía saliendo del bosque, sentada en su mortero, arreando con el mazo y barriendo sus huellas con la escoba. Se acercó a la puerta, se paró, y olfateando el aire, gritó:

-¡Huele a carne humana! ¿Quién está ahí?

Basilisa se acercó a la vieja, la saludó con mucho respeto y le dijo:

-Soy yo, abuelita; las hijas de mi madrastra me han mandado que venga a pedirte luz.

-Bueno -contestó la bruja-, las conozco bien; quédate en mi casa y si me sirves y haces todo lo que yo te digo, te daré la luz.

Luego, dirigiéndose a las puertas, exclamó:

-¡Ea!, mis fuertes cerrojos, ¡abríos! ¡Ea!, mis anchas puertas, ¡dejadme pasar!

Las puertas se abrieron; Baba-Yaga entró silbando, acompañada de Basilisa, y las puertas se volvieron a cerrar solas. Una vez dentro de la cabaña, la bruja se echó en un banco de madera y le dijo:

-¡Quiero cenar! ¡Sírveme toda la comida que está en el horno!

Basilisa encendió una astilla de madera que la acercó a una de las calaveras para que le diera fuego; se puso a sacar la comida del horno y comenzó a servírsela a Baba-Yaga. La comida era tan abundante que habría podido satisfacer el hambre de diez hombres; después la mandó que trajese de la bodega vinos, cerveza, aguardiente y otras bebidas. Todo se lo comió y se lo bebió la bruja, y a Basilisa le dejó tan sólo un poquito de sopa de repollos y una corteza de pan.

Después de haber comido esa cantidad, se preparó para acostarse y le dijo a la nueva doncella:

-Mañana tempranito, después de que me marche, tienes que barrer el patio, limpiar la cabaña, preparar la comida y lavar la ropa; luego tomarás del granero todo el trigo y lo limpiarás del maíz que tiene mezclado. Trata de hacerlo todo, porque si no te comeré a ti.

Fue a dormir Baba-Yaga y se puso a roncar, mientras que Basilisa, dándole a la Muñeca las sobras de la comida y vertiendo amargas lágrimas, dijo:

-Muñeca mía, escúchame. ¡Qué desgraciada soy! La bruja me ha encargado que haga un trabajo para el que harían falta cuatro personas y me amenazó con comerme si no lo hago todo.

La Muñeca contestó:

-No temas nada, Basilisa; come, y después de rezar, acuéstate; mañana arreglaremos todo.

Al día siguiente, se despertó Basilisa muy tempranito, miró por la ventana y vio que se apagaban ya la luz de las calaveras. Vio pasar y desaparecer al jinete blanco, y en seguida amaneció. Baba-Yaga salió al patio, silbó, y ante ella apareció el mortero con el mazo y la escoba. Pasó a todo galope el jinete rojo, e inmediatamente salió el sol. La bruja se sentó en el mortero y salió del patio arreando con el mazo y barriendo con la escoba.

Basilisa se quedó sola, recorrió la cabaña y se admiró al ver la cantidad de riquezas que allí había y se quedó indecisa sin saber por cuál trabajo empezar. Miró a su alrededor y vio que de pronto, todo el trabajo estaba hecho; la Muñeca estaba separando los últimos granos de trigo de los de maíz.

-¡Oh mi salvadora! -exclamó Basilisa-. ¡Me has librado de ser comida por Baba-Yaga!

-No te queda más que preparar la comida -le contestó la Muñeca al mismo tiempo que se metía en el bolsillo de Basilisa-. Prepárala y descansa luego de todo tu trabajo.

Al anochecer, Basilisa puso la mesa, esperando la llegada de Baba-Yaga. Ya anochecía cuando pasó rápidamente el jinete negro, e inmediatamente oscureció por completo; sólo brillaba la luz de las calaveras. Luego crujieron los árboles, estallaron las hojas y apareció Baba-Yaga, que fue recibida por Basilisa.

-¿Está todo hecho? -preguntó la bruja.

-Míralo todo tú misma, abuelita.

Baba-Yaga recorrió toda la casa y se puso de mal humor por no encontrar una sola cosa mal hecha y no poder regañar a Basilisa.

-Bien -dijo al fin, y se sentó a la mesa; luego exclamó-: ¡Mis fieles servidores, venid a moler mi trigo!

En seguida se presentaron tres pares de manos, cogieron el trigo y desaparecieron. Baba-Yaga, después de comer hasta saciarse, se acostó y ordenó a Basilisa:

-Mañana harás lo mismo que hoy, y además tomarás del granero un montón de semillas de la planta del opio y las escogerás una a una para separar los granos de la tierra.

Y dada esta orden se acostó en el banco de madera, se dio vuelta mirando a la pared y se puso a roncar, mientras Basilisa pedía consejo a la Muñeca. Ésta repitió lo mismo que la vez anterior:

-Acuéstate tranquila después de haber rezado. Por la mañana se es más sabio que por la noche; ya veremos cómo lo hacemos todo.

Por la mañana la bruja se marchó otra vez, y la muchacha, ayudada por su Muñeca, cumplió todas sus obligaciones. Al anochecer volvió Baba-Yaga a casa, miró todo lo que había hecho Basilisa y exclamó:

-¡Mis fieles servidores, mis queridos amigos, venid a prensar mis semillas de mi planta de opio!

Se presentaron los tres pares de manos, cogieron las semillas de la planta y se las llevaron a la bruja. Ésta se sentó a la mesa y se puso a cenar.

-¿Por qué no me cuentas algo? -preguntó a Basilisa, que estaba silenciosa-. ¿Eres muda?

-Si me lo permites, te preguntaré una cosa.

-Pregunta; pero acuérdate que no todas las preguntas favorecen a quien las hace. Cuanto más viejo se es, se es más sabio.

-Quiero preguntarte, abuelita, lo que he visto mientras caminaba por el bosque. Me adelantó un jinete todo blanco, vestido de blanco y montado sobre un caballo blanco. ¿Quién era?

-Es mi Día Claro -contestó la bruja.


-Más allá me alcanzó otro jinete todo rojo, vestido de rojo y montando un caballo rojo. ¿Quién era éste?

-Es mi Sol Radiante.

-¿Y el jinete negro que me encontré junto a tu puerta?

-Es mi Noche Obscura.

Basilisa se acordó de los tres pares de manos, pero no quiso preguntar más y se calló.

-¿Y por qué no preguntas más? -dijo Baba-Yaga.

-Con esto sólo me basta; me has recordado tú misma, abuelita, que cuanto más sepa seré más vieja.

-Bien -repuso la bruja-; bien haces en preguntar sólo lo que has visto fuera de la cabaña y no lo que has visto dentro de la cabaña, pues no me gusta que los demás se enteren de mis asuntos. Y ahora te preguntaré algo yo también. ¿Cómo consigues cumplir con todas las obligaciones que te impongo?

-La bendición de mi madre me ayuda -contestó la joven.

-¡Oh lo que has dicho! ¡Vete en seguida, hija bendita! ¡No necesito almas benditas en mi casa! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

Y sacó a Basilisa de la cabaña, la empujó también fuera del patio; luego, tomando de la cerca una calavera con los ojos encendidos, la clavó en la punta de un palo, se la dio a Basilisa y le dijo:

-He aquí la luz para las hijas de tu madrastra; tómala y llévatela a casa.

La muchacha echó a correr alumbrando su camino con la calavera, que se apagó ella sola al amanecer. Al fin, a la caída de la tarde del día siguiente, llegó a la cabaña de su madrastra. Se acercó a la puerta y tuvo intención de tirar la calavera pensando que ya no necesitarían luz en casa; pero oyó una voz sorda que salía de aquella boca sin dientes, que decía:

«No me tires, llévame contigo».

Miró entonces a la casa de su madrastra, y como no vio brillar luz en ninguna ventana, decidió llevar la calavera consigo.

La acogieron con cariño y le contaron que desde el momento en que se había marchado no tenían luz, no habían podido encender el fuego y las luces que traían de las casas de los vecinos se apagaban apenas entraban en casa.

-Ojalá que la luz que has traído no se apague -dijo la madrastra.

Trajeron la calavera a la salita, cuando sucedió que los ojos de la calavera se clavaron en la madrastra y en sus dos hijas y se quemaban sin piedad. Intentaban esconderse, pero los ojos ardientes las perseguían por todas partes. Al amanecer estaban ya las tres completamente quemadas; sólo Basilisa permaneció intacta.

Por la mañana la joven enterró la calavera en el bosque, cerró la cabaña con llave, se dirigió a la ciudad. Ahí pidió alojamiento en casa de una pobre anciana y se instaló mientras esperaba que volviese su padre. Un día dijo Basilisa a la anciana:

-Me aburro sin hacer nada, abuelita. Cómprame del mejor lino e hilaré, para trabajar en algo.

La anciana compró el lino y la muchacha se puso a hilar. El trabajo avanzaba con rapidez y el hilo salía muy parejo y muy fino, del grosor de un cabello. Pronto tuvo una gran cantidad, suficiente para ponerse a tejer; pero era imposible encontrar un peine tan fino que sirviese para tejer el hilo de Basilisa y nadie se ofrecía a hacer un telar que pudiera tejer ese hilo tan fino. La muchacha pidió ayuda a su Muñeca, y ésta en una sola noche, le preparó un buen telar.

A fines del invierno el lino estaba ya tejido y era tan fino que no parecía real. En la primavera lo blanquearon, y entonces dijo Basilisa a la anciana:

-Abuelita, vende este lino y guárdate el dinero.

La anciana miró la tela y exclamó:

-No, hijita; a este lino, si no es el zar, nadie puede llevarlo. Lo iré a mostrar al palacio.

Se dirigió al palacio del zar y se puso a pasear por delante de las ventanas.

El zar la vio, se asomó a uno de sus balcones reales y le preguntó:

-¿Qué quieres, viejecita?

-Majestad -contestó ésta-, he traído conmigo una mercancía preciosa que no quiero mostrar a nadie más que a ti.

El zar ordenó que la hiciesen entrar. Al ver el lienzo se quedó admirado.

-¿Qué es lo que quieres por él? -preguntó.

-No tiene precio, padre y señor; te lo he traído como regalo.

El zar le dio las gracias y la colmó de regalos. Empezaron a cortar el lienzo para hacerle al zar unas camisas; cortaron la tela, pero no pudieron encontrar a una mujer que pudiera encargase de coserlas, pues era demasiado fino. La buscaron largo tiempo, y al fin el zar llamó a la anciana y le dijo:

-Ya que has sabido hilar y tejer un lienzo tan fino y maravilloso, tú tiene que saber coserme las camisas.

-No soy yo, majestad, quien ha hilado y tejido esta tela; ésta es la tarea de una hermosa joven que vive conmigo.

-Bien; que me cosa ella las camisas.

Volvió la anciana a su casa y contó a Basilisa lo sucedido y ésta le dijo:

-Ya sabía yo que me llamarían para hacer este trabajo.

Se encerró en su habitación y se puso a trabajar. Cosió sin descanso y pronto tuvo hecha una docena de camisas. La anciana las llevó a palacio, y mientras tanto Basilisa se lavó, se peinó, se vistió y se sentó a la ventana a esperar lo que sucediera.

Al poco rato vio llegar a la casa un lacayo del zar, que se dirigió a la joven y le dijo:

-Su Majestad el zar quiere ver a la hábil costurera que le ha cosido las camisas, para recompensarla según merece.

Basilisa la Hermosa se encaminó al palacio y se presentó ante el zar. Apenas éste la vio se enamoró perdidamente de ella.

-Hermosa joven -le dijo-, no me separaré de ti, porque serás mi esposa.

Entonces tomó a Basilisa la Hermosa de la mano, la sentó a su lado y aquel mismo día celebraron la boda.

Cuando volvió el padre de Basilisa tuvo una gran alegría al conocer la suerte de su hija y se fue a vivir con ella. En cuanto a la anciana, la joven zarina la acogió también en su palacio. También a la Muñeca la guardó consigo hasta los últimos días de su vida y fue muy dichosa junto a su buen y apuesto esposo.

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La Bruja Baba- Yagá.


Cuento de tradición oral recopilado por Afanásiev.



Vivía en otros tiempos un comerciante con su mujer; un día ésta se murió, dejándole una hija. Al poco tiempo el viudo se casó con otra mujer que, envidiosa de su hijastra, la maltrataba y buscaba el modo de librarse de ella.
Aprovechando la ocasión de que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra le dijo a la muchacha:
—Ve a ver a mi hermana y pídele que te dé una aguja y un poco de hilo para que te cosas una camisa.
La hermana de la madrastra era una bruja y, como la muchacha era precavida, decidió ir primero a pedir consejo a otra tía suya, hermana de su padre.
—Buenos días, tiíta.
—Muy buenos, sobrina querida. ¿A qué vienes?
—Mi madrastra me ha dicho que vaya a pedir a su hermana una aguja e hilo para que me cosa una camisa.
—Acuérdate bien —, le dijo entonces la tía—, que un álamo blanco querrá arañarte la cara: tú átale las ramas con una cinta. Las puertas de una verja rechinarán y se cerrarán estruendosamente para no dejarte pasar; tú úntale las bisagras con aceite. Los perros te querrán despedazar; tírales un poco de pan. Un gato feroz estará encargado de arañarte y sacarte los ojos; dale un pedazo de jamón.
La muchacha se despidió, cogió un poco de pan, aceite,  jamón y una cinta; se puso a andar en busca de la bruja y finalmente llegó. Entró en la cabaña, en la cual estaba sentada la bruja Baba-Yaga sobre sus piernas huesudas, ocupada en tejer.
—Buenos días, tía.
— ¿A qué vienes, sobrina?
—Mi madre me ha mandado que venga a pedirte una aguja e hilo para coserme una camisa.
—Está bien. En tanto que lo busco, siéntate y ponte a tejer.
Mientras la sobrina estaba tejiendo, la bruja salió de la habitación, llamó a su criada y le dijo:
—Date prisa, calienta el baño y lava bien a mi sobrina, porque me la voy a comer.
La pobre muchacha estaba muerta de miedo, y cuando la bruja salió, le dijo a la criada:
—No quemes mucha leña, por favor, para calentar el agua.
Y diciéndole esto, le regaló un pañuelo.
Baba-Yaga, impaciente, cuando llegó se acercó a la ventana donde trabajaba la muchacha y le preguntó:
— ¿Estás tejiendo, sobrinita?
—Sí, tiíta, estoy trabajando.
La bruja se alejó de la cabaña, y la muchacha, aprovechando aquel momento, le dio al gato un pedazo de jamón y le preguntó cómo podría escapar de allí. El gato le dijo:
—Sobre la mesa hay una toalla y un peine: tómalos y echa a correr lo más rápido que puedas, porque la bruja Baba-Yaga correrá tras de ti para cogerte; de cuando en cuando échate al suelo y coloca tu oído; cuando oigas que está ya cerca, tira al suelo la toalla, que se transformará en un río muy ancho. Si la bruja se tira al agua y lo pasa a nado, tú habrás ganado delantera. Cuando oigas en el suelo que no está lejos de ti, tira el peine, que se transformará en un espeso bosque, a través del cual la bruja no podrá pasar.
La muchacha cogió la toalla y el peine y se puso a correr. Los perros quisieron despedazarla, pero les tiró un trozo de pan; las puertas de la verja rechinaron y se cerraron de golpe, pero la muchacha untó las bisagras con aceite y las puertas se abrieron de par en par. Más allá, un álamo blanco quiso arañarle la cara; entonces ató las ramas con una cinta y pudo pasar.
El gato se sentó al telar y quiso tejer; pero no hacía más que enredar los hilos. La bruja acercándose a la ventana, preguntó:
— ¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?
—Sí, tía, estoy tejiendo —respondió con voz ronca el gato.
Baba-Yaga entró en la cabaña y viendo que la muchacha no estaba y que el gato la había engañado, se puso a pegarle, diciéndole:
— ¡Ah, viejo goloso! ¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina? ¡Tu obligación era quitarle los ojos y arañarle la cara!
—Llevo mucho tiempo a tu servicio —dijo el gato— y todavía no me has dado ni siquiera un huesito, y ella me ha dado un pedazo de jamón.
Baba-Yaga se enfadó con los perros, con la bisagra, con el álamo y con la criada y se puso a pegarles a todos.
Los perros le dijeron:
— ¡Te hemos servido muchos años sin que tú nos hayas dado ni siquiera una corteza dura de pan quemado, y ella nos ha regalado pan fresco!
La bisagra dijo:
— ¡Te he servido mucho tiempo sin que a pesar de mis chirridos me hayas engrasado con sebo, y ella me ha untado las bisagras con aceite!
El álamo dijo:
—Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas regalado ni siquiera un hilo, y ella me ha adornado con una cinta.
La criada exclamó:
—Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas dado ni siquiera un trapo, y ella me ha regalado un pañuelo.
Baba-Yaga se apresuró a sentarse en el mortero; arreándole con el mazo y barriendo con la escoba sus huellas, salió en persecución de la muchacha. Ésta colocó su oído en el suelo para escuchar y oyó acercarse a la bruja. Entonces tiró al suelo la toalla y, al instante, se formó un río muy ancho.
Baba-Yaga llegó a la orilla y viendo el obstáculo que se le interponía en su camino, rechinó los dientes de rabia, volvió a su cabaña, reunió a todos sus bueyes y los llevó al río: los animales bebieron toda el agua y la bruja continuó la persecución de la muchacha.
Ésta colocó otra vez su oído en el suelo y oyó que Baba-Yaga estaba ya muy cerca: tiró al suelo el peine y se transformó en un bosque espesísimo y frondoso.
La bruja se puso a roer los troncos de los árboles para abrirse paso; pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consiguió y tuvo que volverse furiosa a su cabaña.
Mientras tanto, el comerciante volvió a casa y preguntó a su mujer:
— ¿Dónde está mi hijita querida?
—Ha ido a ver a su tía —contestó la madrastra.
Al poco rato, con gran sorpresa de la madrastra, regresó la niña.
— ¿Dónde has estado? —le preguntó el padre.
— ¡Oh, padre mío! Mi madrastra me ha mandado a casa de su hermana a pedirle una aguja con hilo para coserme una camisa, y resulta que la tía es la misma bruja Baba-Yaga, que quiso comerme.
— ¿Cómo has podido escapar de ella, hija mía?
Entonces la niña le contó todo lo sucedido. Cuando el comerciante se enteró de la maldad de su mujer, la echó de su casa y se quedó con su hija. Los dos vivieron en paz y muy felices, muchos años.



EL PESCADOR Y EL PECECITO DORADO.

Alexánder Pushkin (ruso)


En un lejano pueblito, a la orilla del mar vivían un viejo y su vieja.

Vivían allí en una casucha de barro muy venida a menos, desde hacía exactamente treinta y tres años. El viejo se dedicaba a pescar en el mar con su red, mientras la vieja en casa, tejía telas en su telar.



Un día, mientras pescaba, el viejo echó al mar su red y la sacó con pura espuma marina. La segunda vez, el mar le devolvió la red llena algas. En un tercer intento, la red salió con un pequeño pez, pero no uno cualquiera, sino uno dorado. El pececito saltaba en la red y, de pronto, habló con voz humana:

-¡Suéltame, por favor, viejito! ¡Puedo pagarte muy bien por mi libertad! ¡Puedo darte cualquier cosa, sólo dime qué recompensa quieres!

El viejo, que llevaba treinta y tres años pescando en ese mismo lugar, se sorprendió y se asustó al oír estas palabras. Nunca antes le había tocado que un pez hablara. Así que soltó al pececito dorado y le dijo con cariño:
-Ve con Dios, pececito. No necesito nada de ti. Vuelve a las aguas del mar, pasea tranquilo.

Al regresar a casa le contó a su vieja el extraño suceso:

-Hoy atrapé un pequeño pez, pero no un pez cualquiera, sino uno dorado. El pececito sabía hablar como humano, y me pidió que lo soltara ofreciéndome a cambio lo que yo quisiera. Pero no me atreví a pedirle nada y lo dejé libre.

La vieja se enojó mucho con su viejo y le dijo muy molesta:

-¡Tonto, requetetonto! ¿Cómo no se te ocurrió cobrarle algo? Podrías haber conseguido, por lo menos, una cocina nueva. ¿No ves que la nuestra está toda rota? Anda inmediatamente y pídesela.

Entonces, el viejo volvió a la orilla del mar, cuyas aguas tenían un ligero oleaje y comenzó a llamar al pececito dorado. El pez llegó y le preguntó qué quería. Con mucho respeto le habló el viejo:

-Perdóname, señor pececito. Es que mi vieja está muy enojada y me obligó a que viniera a hablarte. Dice que necesita una nueva cocina, porque la nuestra ya está toda rota.

-No te preocupes,- contestó el pez dorado.-Regresa tranquilo a casa. Tendrán cocina nueva.

Al llegar a casa, el viejo encontró a su vieja con la cocina nueva. Pero la vieja, en vez de alegrarse, estaba aún más enojada con su marido y otra vez lo gritoneó:

-¡Tonto, requetetonto! Conseguiste apenas una cocina. ¿Acaso una cocina es un gran bien? Vuelve al mar, tonto, consígueme una casa nueva.

Otra vez tuvo que ir el viejo a la orilla del mar. Sus aguas azules se habían tornado grisáceas. Comenzó a llamar al pececito dorado. Éste llegó y le preguntó qué quería. Con respeto el viejo le dijo:

-Perdóname, señor pececito. Es que mi vieja está ahora más enojada que antes. No me deja en paz la muy avara. Ahora dice que quiere una casa nueva.

-No te preocupes, viejito. Vuelve tranquilo. Está bien, tendrán casa nueva.

Al llegar de vuelta, el viejo vio con sorpresa que ya no estaba la casucha de barro venida a menos. En su lugar, había una gran casa iluminada, con paredes de ladrillo y puertas de madera. Bajo una ventana, la vieja sentada, esperaba furiosa a su marido:

-¡Tonto, requetetonto! No pudiste conseguir más que una casa. Yo ya no quiero ser una campesina. Quiero ser una señora noble y rica. Anda y díceselo al pececito dorado.
Otra vez partió el viejo a la orilla del mar, cuyas aguas azules estaban revueltas. Llamó al pececito dorado, que llegó preguntando:

-¿Qué deseas, viejecito?
El viejo avergonzado, le contó al pececito que la vieja le reclamaba furiosa y le exigía más y más.
-Dice mi vieja que ya no quiere vivir como una campesina, ahora quiere ser noble y rica. No me deja en paz la muy ambiciosa. Ayúdame, por favor.

Una vez más, el pececito le dijo al viejo que estuviera tranquilo y regresara donde su vieja.

El viejo se fue. En vez de la casa nueva, se encontró con una enorme mansión de piedra. A la entrada vio a su esposa con ropas elegantes de seda y terciopelo y adornada con anillo, aros y collares, todas joyas preciosas. La señora estaba rodeada de sirvientes empeñosos y asustados, a quienes mandoneaba a su antojo; los maltrataba y golpeaba. Asombrado el viejo le dijo:

-Buenos días, mi señora. Ya estarás contenta con todo lo que has obtenido.

La vieja apenas lo miró, lo hizo callar y lo mandó, a gritos, a trabajar en la caballeriza.

Así pasó un par de semanas, sin novedad alguna. Pero un día, la vieja insaciable, volvió a mandar al viejo donde el pececito dorado. Ya no quería ser una señora noble y rica, ahora se le había ocurrido que quería ser una reina. El pescador se asustó y le discutió:

-¿Qué te pasa, vieja? ¿Te has vuelto loca? ¿Cómo pretendes ser una reina, si no sabes ni caminar ni hablar como corresponde? Serás el hazmerreír del pueblo entero.

Al oír estas palabras, se enfureció la vieja y a golpes y a empujones, echó a su marido, diciéndole:

-¡Cómo te atreves a hablarme así, a mí, una señora noble y rica! Anda al mar, haz lo que te digo. Si no vas por la buena, te llevarán a la fuerza.



El viejito partió al mar, sus aguas estaban negras y las olas reventaban con estrépito en la orilla y comenzó a llamar al pececito dorado, que llegó preguntándole qué deseaba:

-¡Perdóname, señor pececito! La codicia se apoderó de mi vieja. ¡Ahora ya no quiere ser noble y rica, se le ocurrió que quiere ser una reina!

El pez dorado, contestó:

-Está bien, viejito, no te apenes. Que sea una reina la vieja.
El viejo regresó y se encontró con un palacio real. En un salón del palacio, la vieja vestida de reina, muy instalada a la mesa, con cortesanos sirviéndole vinos exóticos y comidas exquisitas. Alrededor del palacio había un ejército de guardias feroces, armados de machetes. Se asustó nuestro viejito. Le hizo una gran reverencia a su esposa y le dijo:

-Buenos días, gran reina. Ahora sí estarás complacida, mi señora.

La vieja ni miró al que era su marido y ordenó a sus súbditos que lo echaran lejos de su vista. Llegaron los cortesanos, lo sacaron a empujones. En las puertas del palacio los guardias se le tiraron encima, casi lo matan a machetazos. La gente se reía, diciendo:

-¡Bien merecido te lo tenías, viejo ignorante! Así aprenderás a meterte donde no debes.

Así pasó un par de semanas sin novedad alguna. Pero, un día, la vieja, no contenta con todo lo que tenía, ordenó a sus guardianes ir al pueblo y encontrar al viejo. Cuando lo tuvo al frente, le dijo:

-Anda al mar, habla con el pez. Ya no quiero ser sólo una reina. Quiero gobernar sobre los mares, quiero vivir en las aguas profundas y tener al pececito dorado como mi siervo, para que haga lo que yo le ordene.

El viejo no se atrevió a discutir esta vez, no se animó a decir una sola palabra y partió hacia el mar azul. Sus aguas estaban embravecidas en una enorme tormenta. Las olas se levantaban furiosas y el viento aullaba hacia el cielo. Comenzó a llamar al pececito dorado, que llegó preguntándole qué quería. Así le habló el pescador:

-¡Perdóname, señor pececito! ¡Apiádate de mí! ¿Qué puedo hacer con la vieja maldita? Se ha vuelto loca de ambición. Ya no quiere ser una reina, quiere ser la gobernante de los mares, quiere vivir en las aguas profundas y tenerte de siervo, para que hagas lo que ella ordene.

Ni siquiera contestó el pececito. Saltó sobre el agua y desapareció para siempre entre las olas. El viejo se quedó largo rato esperando respuesta y, luego, regresó donde la vieja. Cuando iba llegando, se encontró con la misma casucha de barro venida a menos y la vieja, amargada y con sus ropas andrajosas de antes, frente a la cocina rota.

ARTHUR RACkHAM.

Clarissa Pinkola Estés, dice sobre los ilustradores:
"Me gusta mucho mirar las ilustraciones. Están llenas de imágenes dentro de imágenes, como si fuera fruto de un sueño. Creo que los ilustradores de cuentos infantiles son algo así como ángeles de Dios. Son verdaderas voces que nos llevan hasta el alma misma.
A una determinada edad, sobre todo en el caso de los niños pequeños, las ilustraciones de un libro sirven para anclar al niños al cuento y captar su atención a lo largo de la narración"
Queremos presentarles al ilustrador Arthur Rackham, que fue un dibujante inglés de gran talento que vivió  entre los años de 1867 y 1939. La doctora  Pinkola, continúa su relato: "Rackam tenía muy bien aprendidas las lecciones de anatomía, aspecto que más destaca en sus brillantes ilustraciones. Se intuye el armazón del esqueleto bajo la piel de sus figura. Además es un maestro del color. Posee un sentido increíble de colores ricos y brillantes: escacrlata, bermellón, verde tierra, azul  tornasol. Todos colores bellos"
FUNDACIÓN EDUCACIONAL BARNECHEA JUNTO CON PROYECTO HACIENDO ESCUELA DE FALABELLA, LES PROPONEN QUE MUESTREN ESTAS LINDAS IMÁGENES A LOS NIÑOS Y VEAMOS QUÍÉNES ACIERTAN CON EL CUENTO AL QUE PERTENECE CADA UNA DE ELLAS...

viernes, 10 de septiembre de 2010

VISITA DEL MINISTRO DE EDUCACIÓN, DON JOAQUÍN LAVÍN AL COLEGIO GABRIEL GONZÁLEZ VIDELA.

El 7 de septiembre fue un día lleno de acontecimientos para el colegio Gabriel González Videla: tuvieron la visita del Ministro de Educación, don Joaquín Lavín. Quería reunirse con los niños de 1° básico para leerles un cuento: así de sencillo y de entretenido. El cuento elegido fue "El Pingüino adivino". Los niños gozaron con la simpatía y cercanía del Ministro y estuvieron felices y relajados, a pesar de tantas cámaras de televisión, de tantas fotos y de la gran cantidad de autoridades de la región: Intendente, SEREMI, Jefa Provincial de Educación, Alcalde y Director del Departamento de Educación. El lugar de reunión fue la biblioteca, que como siempre estaba preciosa con la gran cantidad de libros donados por Falabella. Srta. Marcela Fernández, directora del establecimiento, acompañó como una gran anfitriona esta ilustre actividad.

Los niños comparten con el Ministro...

NUEVA ACTIVIDAD DE SEPTIEMBRE...

DÉCIMAS A LO HUMANO Y A LO DIVINO.




En nuestro bicentenario, cómo no recordar a los payadores, esos cantores populares, llenos de ingenio y picardía. Este arte se ha desarrollado especialmente en nuestra zona central.



En el valle central de nuestro Chile, forma parte de la cultura tradicional de los campesinos, el canto a lo poeta, que es literatura hecha canción en forma de décimas o cuartetos. Estas décimas a lo humano y a lo divino, es una de las expresiones literarias más importante de nuestro campo chileno.


Esta expresión literaria, tuvo un auge importante durante la segunda mitad del siglo XIX, donde tuvo una importancia extraordinaria. Sin embargo, se sabe que a nuestro país llegó desde España, por el poeta Vicente de Espinel en el siglo XVI y ya desde la colonia se difundía, especialmente en lugares rurales, donde adquirió preponderancia. Otros aseguran que fueron los jesuitas quienes introdujeron la expresión que llamamos a lo divino, con un afán de catequizar al mundo nuevo que aquí se encontraba.

Por lo tanto, el canto a lo poeta se divide en dos grandes campos temáticos, el canto a lo humano y el canto a lo divino. Vale la pena detenerse en lo que ha significado a través del tempo el canto a lo divino, porque ha sido la entrega catequética de los sacramentos y misterios fundamentales de la fe cristiana. Combinando el rigor teológico con la frescura del sentir campesino, la doctrina de la Iglesia se ha entregado en forma sólida, abriendo las puertas a los hombres del conocimiento de lo más esencial del Antiguo y Nuevo Testamento. Por supuesto que se incluye “la despedida del angelito”. A pesar de que éste ha sido un género que se ha ido perdiendo en el tiempo, aún pueden encontrarse cultores y testimonios vivientes de este canto, que Dios permitirá que se conserve vivo y continúe iluminando a los hombres del siglo XXI.

El contenido del canto a lo humano, son los versos de la historia humana, los de geografía, así como, por supuesto, los versos de amor. En las celebraciones mundanas en que los poetas cantan a lo humano, suelen darse “peleas poéticas”, en que dos poetas haciendo un dúo al que se denomina contrapunto, toma la forma de un duelo cantado. Normalmente, éstos ocurren en un ambiente festivo y tiene un carácter altamente competitivo. Se les exige a los poetas un gran ingenio y sentido de competencia altamente desarrollado.

Regularmente se realizan encuentros de payadores organizados por algunas municipalidades o instituciones sociales, donde participan payadores de todo el país. Estas actividades mantienen vigente este arte para las nuevas generaciones


Yo canto por divertir




Y canto por alegrar

Yo canto por no llorar

Y canto por ser feliz.

Canto yo por prevenir

Los males y los dolores

Canto a las aves y flores

al compás del guitarrón

y canto con devoción

el cantar de los cantores.



Canto por no tener pena

Y canto por no sufrir

Y canto yo por vivir

en esta patria chilena.

Yo le canto a mi bandera

un canto muy armonioso

canto con amor y gozo

y canto con linda voz

también le canto a mi Dios

nada más maravilloso.



Yo canto por alegrar

al que sufre la tristeza

y canto por entereza

para a mi Dios alabar.

Yo canto en cualquier lugar

muy hermosas melodías

canto de noche y de día

y mi canto es oración

y canto con devoción

canto de gran armonía.



Yo canto por tener gusto

y le canto a todo ser

canto al hombre y la mujer

canto al flaco y al robusto.

Canto al árbol y al arbusto

la más hermosa canción

y canto con devoción

un canto a la libertad

y canto a la inmensidad

Y a toda la creación.



Canto yo con linda voz

en llegando a una novena

yo le canto a la verbena

y también le canto a Dios.

En cuerpo y alma los dos

canto a Dios omnipotente

como todo ser viviente

entretejo mi canción

en llegando la ocasión

canto muy alegremente.