miércoles, 25 de agosto de 2010

GORRIONCITO.

(Cuento de tradición oral ruso recopilado por Alekandr Nikoalevich Afanasiev.)

Un matrimonio viejo que no tenía hijos rezaba a Dios todos los días para tener uno; pero Dios no le concedía la gracia de tener un niño.

Un día se fue el marido al bosque para recoger setas y encontró a un viejecito que le dijo:

-Yo sé cuál es la pena que escondes en tu corazón y cuán grande es tu deseo de tener hijos. Óyeme bien: ve al pueblo, pide en cada casa un huevo; luego coge una gallina, hazla sentar sobre ellos para que los empolle y ya verás lo que sucede.

El anciano fue al pueblo, tenía cuarenta y una casas; en cada una de ellas entró y pidió un huevo y luego, volviendo a la suya, cogió una gallina y la hizo empollar los cuarenta y un huevos.

Pasaron dos semanas; los ancianos fueron al gallinero, y cuál sería su sorpresa al ver que de los huevos nacieron cuarenta niños fuertes y robustos y uno pequeño y débil.

El padre le puso a cada uno un nombre; pero al llegar al último, ya no se le ocurría qué nombre ponerle. Entonces, viendo que era el más pequeño, dijo:

-Como no tengo nombre para ti, te llamaré Gorrioncito.

Los niños crecieron con tal rapidez, que algunos días después de nacer pudieron ya trabajar y ayudar a sus padres. Eran unos muchachos guapísimos y trabajadores; cuarenta de ellos labraban el campo y Gorrioncito hacía los trabajos de la casa.

Llegó la temporada de la siega y los hermanos se fueron a segar y hacer haces de heno. Pasaron una semana en los campos y luego volvieron a casa, cenaron y se acostaron. El anciano los contempló y dijo gruñendo:

-¡Oh juventud indolente! ¡Comen mucho, duermen aún más y estoy seguro de que no han trabajado nada!

-Padre, antes de juzgar, ve a ver -, dijo Gorrioncito.

El anciano se vistió, fue a los ampos y vio con satisfacción que estaban ya listos cuarenta grandes haces de heno.

-¡Qué valientes son mis muchachos! ¡Cuánto heno han segado en una semana y qué haces tan grandes han hecho! -, exclamó.

Tan grande fue su deseo de complacerse mirando sus bienes, que al día siguiente fue otra vez a los campos; llegó allí y vio que faltaba un haz. Volvió a casa preocupado y dijo a sus hijos:

-¡Oh hijos míos! ¡Ha desaparecido un haz de heno!

-No importa, padre. Nosotros cogeremos al ladrón -le contestó Gorrioncito-. Dame cien rublos; yo sé lo que tengo que hacer.

Cogió los cien rublos y se dirigió a la herrería y le dijo al herrero:

-¿Puedes forjarme una cadena con la que puedas atar a un hombre desde los pies hasta la cabeza?

-¿Por qué no? -contestó el herrero.

-Hazme una, pero que sea bastante resistente. Si resulta fuerte te pagaré cien rublos; pero si se rompe no te pagaré nada.

El herrero forjó una cadena de hierro. Gorrioncito se ató con ella el cuerpo, luego se dobló por la cintura y la cadena se rompió. El herrero le forjó otra mucho más fuerte, que resistió todas las pruebas y Gorrioncito la cogió, pagó por ella cien rublos y se dirigió a los campos para montar la guardia a los haces de heno. Se sentó al lado de uno de ellos y se puso a esperar.

Justo a media noche se levantó el viento, se alborotó el mar y de sus profundidades salió una yegua hermosísima que se acercó al primer haz y empezó a devorar el heno. Gorrioncito corrió hacia ella, la sujetó con la cadena de hierro y montó a caballo en su lomo.

La yegua enfurecida, echó a correr por valles y montes; pero, a pesar de esta carrera desenfrenada, el jinete permaneció como clavado en su sitio. Al fin, cansada de correr, la yegua se paró y dijo:

-¡Oh, joven valeroso! Ya que has podido dominarme, sé tú el amo de mis potros.

Se acercó a la orilla del mar y relinchó estrepitosamente. El mar se alborotó y salieron a la orilla cuarenta y un caballos tan magníficos, que aunque se buscasen por todo el mundo no se encontrarían otros semejantes.

Por la mañana, el padre de Gorrioncito, oyendo un gran pataleo y un relinchar estrepitoso en el patio, salió asustado para ver lo que pasaba. Era su hijo que llegaba a casa acompañado de toda una manada de caballos.

-¡Hola, hermanos! -exclamó-. ¡Aquí traigo un caballo para cada uno; vámonos a buscar novia!

-¡Vámonos! -contestaron todos.

Los padres les dieron su bendición y todos los hermanos se pusieron en camino.

Durante mucho tiempo anduvieron por el mundo, pues no era fácil encontrar tantas novias. Además, no querían separarse y casarse con jóvenes que pertenecieran a distintas familias, para no tener una suerte distinta cada uno de ellos. ¡Y no era fácil encontrar una madre que tuviese cuarenta y una hijas!

Al fin llegaron a un país muy lejano y vieron un espléndido palacio, todo de piedra blanca, que se elevaba en una altísima montaña. Lo cercaba un alto muro y a la entrada estaban clavados unos postes de hierro. Los contaron y eran cuarenta y uno.

Ataron a estos postes sus briosos caballos y entraron en el patio. Salió a su encuentro la bruja Baba-Yaga, que les gritó:

-¿Quién los ha invitado a entrar? ¿Cómo han osado atar sus caballos a los postes sin pedirme permiso?

-¡Vaya, vieja! ¿Por qué gritas tanto? ¡Primero que nada, danos de comer y de beber y caliéntanos el baño; luego podrás hacernos tus preguntas!

Baba-Yaga les dio de comer y de beber, les calentó el baño y después empezó a preguntarles:

-Díganme, valerosos jóvenes, ¿están buscando algo o sólo caminan por el gusto de pasear?

-Estamos buscando una cosa, abuelita.

-¿Y qué quieren?

-Buscamos novias para todos.

-¡Pero si yo tengo cuarenta y una hijas! -exclamó Baba-Yaga.

Corrió a la torre y pronto apareció acompañada de cuarenta y una jóvenes.

Los hermanos, encantados, le pidieron permiso para casarse con ellas. Se los concedió y en seguida celebraron la boda con una alegre fiesta.

Al anochecer, Gorrioncito fue a ver qué tal estaba su caballo, y éste, al acercársele, le dijo con voz humana:

-¡Cuidado, amo! Cuando se acuesten con sus jóvenes esposas no se olviden de cambiar con ellas los vestidos; pónganse los de ellas y vístanlas a ellas con los de ustedes; si no, perecerán todos.

Gorrioncito les contó todo a sus hermanos y todos al llegar la noche, vistieron a sus jóvenes esposas con sus trajes, poniéndose ellos los de éstas y así se acostaron. Pronto todos se durmieron profundamente; sólo Gorrioncito permaneció vigilando sin cerrar los ojos.

A media noche gritó Baba-Yaga con una voz espantosa:

-¡Hola, mis fieles servidores! ¡Vengan aquí y corten la cabeza a los visitantes inoportunos!

En un instante acudieron los fieles servidores y cortaron la cabeza a las hijas de Baba-Yaga.

Gorrioncito despertó a sus hermanos y les contó lo ocurrido; cogieron las cabezas cortadas de sus esposas, las colocaron en los postes de hierro que adornaban la entrada, ensillaron sus caballos y huyeron de allí a todo galope.

Por la mañana la bruja se levantó, miró por la ventana y, ¡oh desgracia!, las cabezas de sus hijas estaban colocadas en los postes de hierro. Se enfureció, ordenó que le diesen su escudo abrasador y se lanzó en persecución de los jóvenes, echando fuego y quemando con su escudo todo alrededor de sí.

Los hermanos, asustados, no sabían dónde esconderse. Delante de ellos se extendía el mar, y a sus espaldas la bruja quemaba todo con su escudo ardiente. La salvación era imposible. Pero Gorrioncito era muy astuto: durante su estancia en el palacio de Baba-Yaga le había robado a ésta un pañuelo. Lo sacudió ante sí, y al instante apareció un puente que se tendía de una orilla a otra. Los jóvenes atravesaron a galope el mar por el puente, y pronto se vieron en la otra orilla. Gorrioncito sacudió el pañuelo hacia atrás y el puente desapareció.

Baba-Yaga tuvo que volverse a casa, y los hermanos llegaron sanos y salvos junto a sus padres, que los acogieron llenos de alegría.

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