domingo, 29 de agosto de 2010

LA FLOR DEL COBRE. Cuento de tradición oral chileno.

Resulta que una vez había un matrimonio que vivía en un campito, cerca de un pueblo, en el sur. Los dos eran viejos, muy viejos. Y resulta que el marido era tan flojo, que nunca había trabajado en cosa alguna, y en cuanto le hablaban de hacer algo, se quejaba a gritos de sus muchas enfermedades y se iba a la cama, diciendo que ya poco le iba faltando para entregar su alma al Taita Dios. Y resultaba también que la pobre mujer, a pesar de sus años, tenía que seguir comidiéndose, para mantener ella sola el hogar.

Con la terrible pereza del marido, a quien llamaban don “Quejumbre-No-Hace-Nada”, el campito estaba hecho una maraña de zarzas y la casa se caía, a pesar de los puntales que le habían arrimado algunos vecinos misericordiosos. Pero esto no era impedimento para que don “Quejumbre-No-Hace-Nada” siguiera durmiendo lamentándose de sus males.

Un día estaba doña “María Soplillo”, que así se llamaba la mujer, zurciendo los pantalones de don “Quejumbre-No-Hace-Nada”, cuando sintió que éste llegaba muy contento del pueblo, donde había ido en busca de remedios para las muelas.

Apenas la divisó, le dijo…

- Figúrese la suerte, vieja…

- Usted dirá. Aunque sería mejor que diera antes las buenas tardes…

- Buenas tardes. Pero no interrumpa. Figúrese la suerte…A la primera vuelta del camino, me encontré con una señora muy “encachá”, que me preguntó para dónde iba. Yo le contesté que para el pueblo, a comprar medicinas para el dolor de muelas. Entonces ella me dice que es “meica” y que me puede dar un remedio que no sólo es para las muelas, sino que es para todos los males conocidos. Y voy entonces yo y le pregunto: “¿Y qué remedio es ese, Misiá?” Y ella me contesta:- “Es la flor del cobre”-, “No la conozco, ni nunca la había oído mentar”- le respondí. Y ella me vuelve a decir: -“Aquí tiene la semilla; váyase para su campito y la siembra y en cuanto dé flor, verá como se alivia inmediatamente de sus muchos achaques”.

- ¿Y qué le dio viejo?

- Esta bolsita con semillas. Al tirito las voy a sembrar.

Entonces doña “María Soplillo” se puso en pie, muy contenta al ver a su marido tan dispuesto y alegre. Y le preguntó:

- ¿Dónde las va a sembrar?

- Aquí no más, en la huerta. Pero la Misiá me dijo también que tenía que sembrarlas todas y en tierra bien limpia y barbechada. Por suerte que no son muchas.

Y don “Quejumbre-No-Hace-Nada” se fue en busca de la pala, del azadón y del rastrillo, que estaban por allí, en un cuarto, todos llenos de telarañas y moho.

Toda la tarde se pasó arreglando un retazo de tierra, sacando maleza, arrancando raíces, arando y rastrillando. Cuando llegó la puesta de sol, estaba el retazo de huerta convertido en una lindeza de barbecho. Y don “Quejumbre-No-Hace-Nada” se fue a acostar completamente rendido, dispuesto a levantarse al alba para sembrar las semillas de la planta del cobre, cuya flor habría de mejorarle la salud.

Pero resulta que a la mañana siguiente, cuando comenzó a esparcir la semilla, que estaba en una bolsita de cuero no más grande que una mano cerrada, ésta no terminaba nunca, y aunque don “Quejumbre-No-Hace-Nada” lanzaba grandes puñados al surco, el contenido de la bolsa no disminuía. ¡Y ya no había dónde sembrar más!

- ¿Qué haré?- la preguntó a doña María “Soplillo”.

- Usted sabrá- dijo la mujer modosamente-. Pero según sus palabras de ayer, la Misiá le recomendó que sembrara todas las semillas.

- Así no más fue- dijo el viejo.

Y se puso a preparar otra porción de tierra, un poco más grande que la barbechada la víspera.

Pero al día siguiente pasó exactamente lo mismo: la semilla no llevaba trazas de disminuir. Al gran holgazán de don “Quejumbre-No-Hace Nada” le dieron ganas de no seguir en la empresa; pero justamente en ese momento, le dieron unas fuertes punzadas en las muelas, tan fuertes como no las había sentido nunca. Y esto lo hizo decidirse a barbechar un pedazo del potrero, en vista de que la huerta ya estaba toda sembrada y que las semillas parecía que no se hubieran empleado nunca.

Y al cabo de diez días de trabajos y de rezongos y de decir que no daba una palada más y de volver a dolerle las muelas y de volver, entonces a trabajar, don “Quejumbre-No-Hace-Nada” se encontró de repente con todo su campito limpio, barbechado y sembrado y que empezaban a brotar unas hojitas verdes y que había que regarlas, cuidando de que en los camellones no fuera a salir de nuevo maleza y que había, además, que vigilar los caracoles y los gorriones y que, por lo tanto, había que seguir levantándose al alba y trabajando el día entero.

Y resulta que a don “Quejumbre-No-Hace-Nada” se le había olvidado quejarse y ni una mala “lipiria” le daba. Y resulta también que cuanto más crecían las plantas de “La flor del cobre”, más parecían matas de maíz, y al fin don “Quejumbre-No-Hace-Nada” tuvo que convencerse de que no había tal “Flor del cobre”, sino unos choclos lindos que empezaron a comer hechos ricas humitas por mano de doña “María Soplillo”, cuando no eran cocidos, o en unos pasteles con pino y todo. Y como los choclos cada vez cundían más, resolvieron cosecharlos y venderlos en el pueblo. Pero eran tantos, tantos, que dejaron una parte en la casa para hacer chuchoca y otro poco para darle a las aves, y el resto, en la carreta del compadre Juan Pablo Retamales, que se las prestó para llevarlos al mercado, donde sacaron por él un buen precio.

Entonces se compraron ropa para el invierno, una olla grande, una vaca y un burro, tres gallinas, un gallo y dos conejos blancos con manchas rubias y ojos negros. Y una pala y un arado y un rastrillo. Y muchas cosas para comer.

Y aunque hicieron tanta compra, aún le quedaba a don “Quejumbre-No-Hace-Nada” plata amarrada en una punta del pañuelo, al volver a su campito.

Entonces le dijo a doña “María Soplillo”:

-Aquella Misiá que me dio la semilla harto que se burló de mí.

-Si no hubiera sido por ella, a estas horas seguiría siendo pobre y enfermo, bueno para nada. No sea, pues, mal agradecido-, contestó la vieja.

-¡Cierto no más es!

-Con razón le dijo la Misiá que se le quitarían los males. Hace tiempo que no lo oigo quejarse de nada. Y “La flor del cobre”, sus buenos cobres y chauchas y pesotes que le ha dado…

-¿Y quién sería la Misiá?

-¡Para mí que era la mismita señora María Santísima de los Cielos!

-Hasta que al fin di con quién era…

-Entonces le vamos a dar al tiro las gracias y le vamos a rezar un Ave María con harta devoción.

Y ésta es la historia de “La flor del cobre”


que volvió diligente y sano a un hombre.



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