viernes, 27 de agosto de 2010

¡¡OTRO CUENTO CHILENO!!

LOS VIEJOS MEZQUINOS.
(Ramón Laval)


Para saber y contar y contar para aprender. Esta era una pobre mujer que tenía dos niños llamados Juan y Miguel. Cuando estaba enferma y por finar, se los dejó encargados a sus suegros, dos viejos con fama de ser grandísimos tacaños.

Los abuelos cuidaron de los niños con muchos trabajos, algunos palos y nada de cariño.

Un día, decidieron matar el chancho que tenían. Como no querían que los chiquillos supieran ni comieran nada, lo hicieron todo solos. Mandaron a los niños al monte a buscar leña y ellos mataron y prepararon al chancho y lo guardaron escondido debajo de las camas.

Los niños maliciaron lo que había sucedido y con un poco de ojo y otro poco de oído descubrieron que los viejos no querían convidarles. Entonces dijeron: -"Tenemos que comernos nosotros el chancho"

Juan dijo a Miguel:

-Mira, Miguel, esta noche entramos al dormitorio de los abuelos y cuando estén bien dormidos, tú le preguntas a la abuela, “¿Te acuerdas, vieja, dónde escondimos el chancho?”.

Así lo hicieron y la vieja, medio dormida, le contestó:

-¿No te acuerdas que lo dejamos debajo de la cama?

Entonces, Juan sacó el chancho y echándoselo al hombro, se fue con Miguel a comérselo al cerro.

Estaban asando el tapabarriga cuando el viejo despertó, y encendió un fósforo, miró debajo de la cama y como no viese al chancho, preguntó a la vieja:

-¿Te acuerdas, vieja, dónde escondimos el chancho?

-¡Qué viejo tan pesado! ¿No acabo de decirte que debajo de la cama? ¡Déjame dormir, será mejor!

-Mira vieja, el chancho no está. Se lo han robado, y los ladrones han sido los chiquillos. Voy por ellos y les quitaré el chancho.

Tomando varias velas y una caja de fósforos se fue al trote derecho al cerro.

De lejitos, vio la fogata que tenían los niños para asar parte del chancho. El viejo entonces se preparó. Encendió seis velas: una en el trasero, dos en las narices, otra en la boca y las dos restantes, una en cada mano.

Juan miró hacia el camino y en medio de la oscuridad, vio la extraña figura que avanzaba echando fuego por la boca, narices y trasero, y aunque no era cobarde, sintió algo de miedo. Sintió que se le erizaba el pelo y que un frío le recorría la espalda. Con voz temblorosa preguntó a Miguel:

- ¿Conoces al Malulo?

-No,- le dijo Miguel.

-¿No será ése que viene ahí?

-Él es, pues. Debe ser él,- dijo Miguel-.

Y usando sus buenas piernas dejaron el chancho y corrieron a ponerse a salvo.

El viejo tomó el chancho al hombro y regresó a su casa. En esto, amaneció. El viejo le dijo a la vieja:

-Y ahora, vieja ¿dónde los escondemos?

-Pongámoslo dentro del horno, dijo la vieja-. Y allí lo ocultaron.

Juan y Miguel volvieron en la noche y al igual que la vez anterior, Miguel, imitando la voz del viejo, preguntó:

-¿Te acuerdas, vieja, dónde escondimos el chancho?

Y la vieja medio dormida, contestó:

-En el horno, pues, viejo.

Entonces fueron al patio donde estaba el horno del pan y sacaron el chancho.

Al cantar el gallo, cuando los rayos del sol despertaban a las diucas, el viejo salió a ver a su chancho. Al no encontrarlo, salió a buscar a los ladrones.

Miguel dando la vuelta a la casa entró al dormitorio y poniéndose una pollera de la abuela y un rebozo, salió al camino.

Mientras esto sucedía, el viejo ya había encontrado a Juan y le había quitado el chancho. Venía caminando fatigado hacia la casa cuando vio a Miguel, creyendo que era la vieja, le dijo:

-Vieja, ayúdame con el chancho que está pesado y vengo cansado.

Miguel, sin decir palabra tomó el chancho y siguió caminando. Mientras el viejo se sentaba a enjugarse el sudor con su pañuelo.

Miguel, todavía disfrazado de viejita, apenas lo vio que quedaba oculta, se fue a reunir con Juan.

Cuando el viejo hubo descansado, se quedó dormido y no se despertó, sino con el cacareo de las gallinas a medio día. Volvió a casa y se encontró con su vieja durmiendo y de chancho.... nada.

Pero Miguel y Juan ya tenían el asado preparado y el olorcillo del festín llegó a las narices de los abuelos.

-¡Vengan abuelos!,- les gritaron los niños.

Así, entre avergonzados de ser mezquinos y contentos de ponerse en paz con sus chiquillos, los abuelos gozaron de un buen asado y de mejor fortuna.

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